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lunes, 22 de septiembre de 2008

Por amor...

Siento frío, todo está oscuro y el parpadeo de la lámpara me dice a susurros que lo que acabo de hacer probablemente no fue lo mejor...

Hace frío, un frío que cala en mi carne... No es que me falte calor, de hecho no hace tanto frío, pero siento que sale desde mis huesos cómo si mi alma se hubiera congelado por unos instantes y estuviera recuperando su humanidad muy despacio.

Mi respiración es agitada, mi pulso esta apunto de parar mi corazón, la adrenalina me intoxica y mis labios están secos, al punto de agrietarse y empezar a sangrar. Su respiración es breve, pausada, casi nula, se encuentra en un éxtasis funesto.

Nunca creí que un hombre fuera realmente capaz de hacer cualquier cosa por amor, nunca creí que un hombre como yo fuera capaz, nunca. Y es hasta hoy que lo tengo a él entre mis brazos, contra mi cuerpo, que sé que sí puede ocurrir.

Lo que acabo de hacer me imagino que solo se puede hacer por amor, olvidar lo que sos, lo que te enseñaron y toda la mierda que te meten en la cabeza para terminar así como terminé yo, haciendo lo que hice, con las manos sucias, un ojo hinchado y una sonrisa de maníaco tan espantosamente perturbadora.

Puedo sentir su respiración todavía agitada pero quieta, cada vez más tenue y callada. Su cuerpo aún esta caliente, pero se entibia como el bombillo de la lámpara que acaba de apagarse. Mi delirio cede, mi brazo se detiene y lo escucho gruñir algunas ultimas palabras mientras cierra sus ojos. Pensé que ya no podía más que ya todo había acabado.

Lo aparté despacio, con cuidado, pero él sacando fuerzas de la nada intentó retenerme, como sosteniéndose de mis hombros, pero ya simplemente no tenía fuerzas. Sus piernas flaqueaban. Resulté más astuto de lo que pensó y simplemente mi joven fuerza lo venció. Lo dejé ahí tirado y ya no dijo nada...

¡Mierda! En lo único que puedo pensar es en que me estoy quemando por un cigarro, pero ni eso puedo. Entre los venenos del mundo, las mujeres y el tabaco son mis preferidos, aunque en ese momento la sangre de mis labios tenía un sabor tentador. Pero no, tengo que arreglar todo este desorden para que quede como si no hubiera pasado nada. ¡El maldito me embarro todo!

Debo confesar que siento un poco de asco, mi estómago esta revuelto y el sabor a sangre en mis labios no me ayuda a controlar las ganas que tengo de vomitar... Hace como cinco minutos que no lo oigo... todo me huele a óxido, todo lo siento rojo, todo lo veo oscuro.

Algo me moja la cara, siento que escapa primero de mi hinchado ojo derecho y luego sale igual del izquierdo... ¿Por qué lloro?... No lo sé, de felicidad tal vez... pero mis lágrimas siguen sabiendo a sal aunque sean de alegría... Es extraño, todo a mi alrededor me resulta tan repulsivo y pese a eso tengo una sonrisa de satisfacción tan insigne en mi rostro y una mucho mayor en el alma. Si no resultara tan irrespetuoso me le reiría en la cara ¡Diablos debería hacerlo! Pero la humanidad volvió a mi cuerpo con el calor en la sangre, así que ya no puedo hacerlo, no voy a hacerlo, creo que para el pobre hombre ya fue suficiente. Me acabo de quitar un gran peso de encima, me acabo de condenar, pero somos libres por fin, ella y yo.

Ahora sus caderas van a ser solamente mías, este maldito viejo ya no nos va a estorbar... Qué satisfacción fue sentir mi cuchillo desgarrarle el abdomen una vez tras otra, una vez por cada beso que le dio a ella con su asquerosa boca de anciano, con su saliva y su aliento a tabaco añejo. Deshacerme de él a estocadas, embarrando de sangre mi cuerpo, mordiendo mis labios de rabia para asegurarme de que cada puñalada lo hiriera aún más mientras lo aferraba a mi para que no escapara. Sólo saber que ella, después de hacerle yo el amor iba directo a la cama con él me atormentaba. ¡Pero ya no más! ¡Ahora ella es totalmente mía, únicamente mía!

Esta noche, apenas me desocupe de todo este enredo de mierda, la voy a llamar. Con una dulce voz de joven enamorado le diré que somos libres, le confesaré que por su amor soy capaz de todo y que nos libré de sus miedos. Ella será feliz, porque después de lo que hice ella tiene que ser feliz. No nos tendremos que esconder más, ya no hay nadie a quien temerle. Hoy mismo iré a su casa, le haré el amor como un animal saciando sus ganas y las mías, la besaré pensando en que es mía definitivamente, que se la arrebaté por fin a ese maldito viejo. Pero primero arreglare todo aquí, limpiaré la sangre que pringó el escritorio y mi ropa, tiraré en un guindo el cadáver y me desharé del cuchillo, aunque podría quedármelo como un recuerdo. Haré todo pensando sólo en sus labios y hasta buscaré la forma de quitarme este sabor a sangre de la boca...


Ahora vos sos mi mujer.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Tornillos

La verdad esto no es nuevo. A veces pienso que desde antes de conocerla la estudiaba y la esperaba. Así es como han llegado todas mis penitencias, en las raíces de mi estudio para evadirlas. Ahora, sobre ella nunca pude concluir demasiado. Es hasta ahora que la veo desordenada (y cuán desordenada) en la cama que puedo contar lo que creo.

Sólo puedo suponer que siempre fue un espíritu de esos que logran estar por encima de todo esto; que le dan lo mismo los tornillos y los puertos, que puede pasar días sólo viendo el fondo de algo que nadie más ve, con la cabeza apoyada en la muñeca y la mano cayendo sobre el hombro. La conocida inconstancia supongo que no será tal, sino que será la oscilación natural del alma que los demás mantenemos ahí quieta usando la cabeza.

Si no me equivoco, para ella el cuerpo no podía ser menos importante. Gran vehículo, claro, pero instrumento de tornillos y puertos al fin y al cabo. Debe ser por eso que tantas veces no se percató de que estaba sangrando hasta que la sangre había manchado algo que sí le pareciera importante.

El tiempo le era tan poco significativo que no entendía cómo podían crecerle tanto las uñas en el momento que eran los meses, y aun así todas las mañanas me despertaba y me hacía presenciar el ritual de su vuelta al mundo, agitadísima por la sorpresa que le causaba haber revivido después de la noche.

Yo no fui nunca una excepción a sus excentricidades, y me tenía en tan alta estima como podía tener un pañuelo. Cuando veo hacia atrás pienso que me compartió su existencia por caridad, tratando de arreglarme con el día a día. Yo la veía hacerse más transparente cada noche, cuando se sentaba al borde de la cama a reponerse del fracaso que había sido compartir su perfección conmigo.

Para ella siempre fui el yo iluso, yo leproso, bajo, sarnoso, existente, terrenal, yo carbón. Yo que me arrastro por el mundo, que no levito como ella, que soy un aparato de tripas, que tiene cólera, que la quiere a ella y no la tiene, que en cambio de tenerla –y como buen animal- tiene el instinto y los dientes, y las ganas carnívoras de ella entera, no de la carroña de lo que le pudiera quedar de corpóreo.

Qué asco le da mi sangre, cómo la enferma. Cómo quisiera que yo no tuviera boca, que no le acercara las manos, pero sobre todo mi sangre. No tolera pensar que late y que me circula sucísima, constante.

Cómo le molesta. Ya no falta nada para que amanezca y me despierte agitadísima por haber revivido después de la noche y luego se vaya a esconderse de mí adonde nunca la encuentro. Por eso esta vez decidí levantarme y ahorrarle tanta molestia.

Me voy porque no quiero oír la escena cuando se despierte y en vez de encontrarme a mí se encuentre esparcido en la cama todo lo que tenía de tornillos y de sangre manchando las sábanas y la alfombra. Ah, y se va a encontrar un poco (muy poco) de carne.

Creo que se va a poner insoportable.

jueves, 26 de junio de 2008

Sangre, Ámbar y Yo

La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
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Desnuda y a la vez cubierta. Debía tener alrededor de unos 35 años, blanca, delgada, cabello oscuro y de un porte real, que en ese momento le confería un aire de princesa nocturna sobre las blancas sábanas.
Noté como sus piernas relucían sedosas al reflejar la luna de esa noche fría. Vi sus muslos y su entrepierna. Los primeros bien formados y ejercitados con el punto perfecto entre esbeltez y fuerza. Lo segundo fue lo que más me excito, un cáliz dispuesto a recibir todos mis encantos y masculinidad.
Sus pechos me seducían como seduce lo dulce a las hormigas. Veía como se mantenían firmes cuando ella hablaba, no muy grandes y no muy pequeños. Sólo del tamaño perfecto para poderlos acariciar entre mis manos.
Me le acerqué desnudándome nerviosamente poco a poco, pero sabiéndola seducir con mi físico bien esculpido, y viéndola directamente a sus ojos verdes, obligándola que a su vez ella viera mis ojos negros.
Vi como posaba su atenta mirada cuando me despoje de mi ropa más íntima, y pude notar su divertida mirada de travesura.
No lo pensé dos veces, si ella me seducía, yo iba a aceptar la seducción. Y me pose sobre ella acariciándola con el dorso de mis manos, de una forma casi más amorosa, que apasionada. Fui recorriendo su cuerpo, sentí su cabello negro y largo entre mis dedos, sentí su cara suave y tersa, seguí con su cuello hasta llegar a sus senos, ahí me detuve un breve momento mientras la oía gozar de la experiencia. Iba a seguir bajando cuando me poseyeron unas ganas inmensas de saborear su piel además de sentirla.
Decidí que comenzaría con sus manos, pero justo en el momento en que pose su dedo índice en mis labios sentí un sabor a óxido o mejor dicho a hierro. Entonces le preste más atención a sus manos y lo que descubrí casi me deja sin aliento.
Sus largas uñas estaban llenas de sangre, pero también lo estaban sus manos. Di un salto y me aparté rápidamente de ella, pero no lo suficiente para detener el beso que ella me dio en el cuello. En ese momento lo sentí, había estado tan excitado oyéndola gemir, que no note que sus uñas arañaban y rasgaban de forma delicada la piel de mi espalda. Lo extraño de la situación me lleno de un ardiente deseo renovado por tomarla ahí mismo, tal vez fuera por el fetiche de ver la sangre o sencillamente que no podía resistir esos ojos verdes.
Me acomodé y nos unimos entre gemidos de placer y suaves gritos de dolor. Ella fue mía y yo de ella en ese momento, moviéndonos como uno sólo, y notando la sangre que ahora también bajaba de mi pecho y que bajaba justo a su entrepierna, lo cual me aumentaba radicalmente el placer, viendo mi líquido vital en su zona más íntima, y pintando mi hombría de color escarlata.
Aumentamos la velocidad hasta acercarnos poco a poco al frenético orgasmo que deseábamos. Y justo en ese momento, cuando yo sentía ya dentro mío una explosión de estrellas, que me besó como una fiera en la boca. Esto me hizo sentir el éxtasis más grande que en mi vida había sentido, quede teñido por la sangre, cansado por el esfuerzo, débil por el orgasmo; y justo hasta ese momento note que también quede muerto ya que de mis heridas no brotaba más sangre, toda la tenía ella entre sus piernas, entre sus labios, sobre su cara, en sus pechos, y hasta en las sábanas blancas donde estaba muriendo.
La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
Justo en ese momento me dijo mi nombre es Ámbar ...
El resto no lo pude oír sólo cerré por última vez mis ojos, y me trasladé a quien sabe que otra dimensión lejana.