Al alumbrar la luna llena, justo a la medianoche, entraré por tu ventana. Ágilmente cruzaré el umbral y te contemplaré como una leona ve a su presa. Esta noche te cazaré, clavaré mis colmillos con furiosa pasión en tu cuerpo joven y atrayente. Tu estarás durmiendo tranquilamente, esperaré a que des unas vueltas en tu cama y esa será mi señal. Me acercaré sigiloso, acechante, desnudando tu cuerpo con mi mirada de cazador furtivo.
Caminaré despacio y me detendré a tu lado. Haré que sientas mi calor sin haberte puesto un dedo encima. Mi simple presencia subirá tu temperatura al tope, te haré sudar en lujuriosa decadencia. Instintivamente quitarás tus sábanas dejando el camino libre para mi, que deseoso y lascivo te observo con minucioso detalle. Tu cuerpo se ve exquisito, semidesnudo, ardiente, pero sobretodo suplicante de disfrutar del mío, de perderte en los rincones más recónditos de mi boca y que mi lengua se pierda en los tuyos. Empiezo mi juego. Primero un beso sensual para atraer tu atención. Puedo sentir como me das forma: alto, joven, varonil, vigoroso. Tus ojos siguen cerrados, tu boca esta entre abierta recibiendo mis labios. Esa es mi entrada, me cuelo en tu cuerpo. Poco a poco extraigo mi elixir de vida mientras te ahogo en el deleite de mi ser. Me convierto en tu juguete, tu esclavo, el hombre que cumple tus más bajas pasiones y tu te conviertes en salvoconducto de mi existencia.
Me obsesiona tu cuerpo, es algo que no puedo evitar. Quiero conocerlo todo, despacio, esta noche tu eres mi atracción y gozaré de ti mientras te llevó hasta el cielo de donde caí un día. Te cubro de besos, cálidos y sensuales. Tus brazos me guían, me indican el camino a seguir. Tus caderas no aguantan quieren probarme, yo las atormento haciéndome el difícil, jugueteando en tu pecho mientras acaricio tu espalda con mis uñas y poco a poco bajo a atenderlas.
Mi lengua te mata. Caliente y precoz te recorre. Tu cabeza va explotar, un leve gemido rompe en tu habitación y hace repicar mis sentidos. Voy por buen camino. Sigo mi ruta, tu placer es mi meta. De repente tomas el control, esto no lo esperaba. Me agarras fuertemente el pelo y con furia me levantas hasta tu cara, me plantas un beso que busca comer mis entrañas. Arremetes violentamente y con mirada pícara me domas clavando tu uñas en mi pecho. Con esa cara de lujuria me haces tuyo, sin reparos, sin censura y yo correspondo a tu arrebato dándote lo mejor de mi. Tus fantasías fluyen en las sábanas, esta noche estoy dispuesto a cumplirlas, todas y cada una de ellas.
Mañana despertarás recordando con pena lo que soñaste. Sentirás mi calor mientras rememoras mis movimientos. Probablemente no recordarás bien mi cara, pero no olvidarás fácilmente mi erotismo. Sabrás que estuve ahí, tu cuerpo delatará nuestro encuentro. Estarás en mi memoria, seguiré visitándote, siempre con un rostro y un cuerpo distinto...
Definitivamente siempre supe que lo mío no eran precisamente las alas y las aureolas. Tanto blanco, tanta nube, me asfixiaban. Yo soy un ser mucho más carnal, más terrenal, así que el castigo que se me impuso lo veo más como la vida que yo mismo escogí vivir.
Soy algo así como el sueño secreto que anhelan muchas mentes, muchos cuerpos, causante de miles de sonrojos. No tengo nombre, alguna vez lo tuve pero ya lo olvidé. Soy quien quieras que sea, me veo como quieres que me vea y hago lo que siempre has querido que te hagan. Soy ese deseo nocturno que se cuela entre tus sábanas y humedece tus sueños con el descaro más grande del mundo. Me convierto en pasión, en locura, en anhelo. Paso mis horas buscando cuerpos deseosos, metiéndome en sus camas y haciéndolos sentir lo que nadie los hará experimentar jamás. A cambio les robo su vida, su energía y así conservo la mía. No sigo las reglas, nunca lo he hecho. Viviré como el demonio que soy por el resto de mi existencia mientras siga encendiendo esas flamas en aquellos sedientos de sexo, a quienes seco un poco cada noche, orgasmo con orgasmo.
Esta noche iré contigo, espérame...
La imagen de este relato fue elaborada por Oskrespo
La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
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Desnuda y a la vez cubierta. Debía tener alrededor de unos 35 años, blanca, delgada, cabello oscuro y de un porte real, que en ese momento le confería un aire de princesa nocturna sobre las blancas sábanas.
Noté como sus piernas relucían sedosas al reflejar la luna de esa noche fría. Vi sus muslos y su entrepierna. Los primeros bien formados y ejercitados con el punto perfecto entre esbeltez y fuerza. Lo segundo fue lo que más me excito, un cáliz dispuesto a recibir todos mis encantos y masculinidad.
Sus pechos me seducían como seduce lo dulce a las hormigas. Veía como se mantenían firmes cuando ella hablaba, no muy grandes y no muy pequeños. Sólo del tamaño perfecto para poderlos acariciar entre mis manos.
Me le acerqué desnudándome nerviosamente poco a poco, pero sabiéndola seducir con mi físico bien esculpido, y viéndola directamente a sus ojos verdes, obligándola que a su vez ella viera mis ojos negros.
Vi como posaba su atenta mirada cuando me despoje de mi ropa más íntima, y pude notar su divertida mirada de travesura.
No lo pensé dos veces, si ella me seducía, yo iba a aceptar la seducción. Y me pose sobre ella acariciándola con el dorso de mis manos, de una forma casi más amorosa, que apasionada. Fui recorriendo su cuerpo, sentí su cabello negro y largo entre mis dedos, sentí su cara suave y tersa, seguí con su cuello hasta llegar a sus senos, ahí me detuve un breve momento mientras la oía gozar de la experiencia. Iba a seguir bajando cuando me poseyeron unas ganas inmensas de saborear su piel además de sentirla.
Decidí que comenzaría con sus manos, pero justo en el momento en que pose su dedo índice en mis labios sentí un sabor a óxido o mejor dicho a hierro. Entonces le preste más atención a sus manos y lo que descubrí casi me deja sin aliento.
Sus largas uñas estaban llenas de sangre, pero también lo estaban sus manos. Di un salto y me aparté rápidamente de ella, pero no lo suficiente para detener el beso que ella me dio en el cuello. En ese momento lo sentí, había estado tan excitado oyéndola gemir, que no note que sus uñas arañaban y rasgaban de forma delicada la piel de mi espalda. Lo extraño de la situación me lleno de un ardiente deseo renovado por tomarla ahí mismo, tal vez fuera por el fetiche de ver la sangre o sencillamente que no podía resistir esos ojos verdes.
Me acomodé y nos unimos entre gemidos de placer y suaves gritos de dolor. Ella fue mía y yo de ella en ese momento, moviéndonos como uno sólo, y notando la sangre que ahora también bajaba de mi pecho y que bajaba justo a su entrepierna, lo cual me aumentaba radicalmente el placer, viendo mi líquido vital en su zona más íntima, y pintando mi hombría de color escarlata.
Aumentamos la velocidad hasta acercarnos poco a poco al frenético orgasmo que deseábamos. Y justo en ese momento, cuando yo sentía ya dentro mío una explosión de estrellas, que me besó como una fiera en la boca. Esto me hizo sentir el éxtasis más grande que en mi vida había sentido, quede teñido por la sangre, cansado por el esfuerzo, débil por el orgasmo; y justo hasta ese momento note que también quede muerto ya que de mis heridas no brotaba más sangre, toda la tenía ella entre sus piernas, entre sus labios, sobre su cara, en sus pechos, y hasta en las sábanas blancas donde estaba muriendo.
La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
Justo en ese momento me dijo mi nombre es Ámbar ...
El resto no lo pude oír sólo cerré por última vez mis ojos, y me trasladé a quien sabe que otra dimensión lejana.
Eran las doce de la noche cuando me decidí mientras veía esa luna que me hipnotizo y me hizo enloquecer; a tomar entre mis manos una biblia blanca, una biblia sin religión específica, ni conocida, sólo una religión inculcada en la esencia de lo vivido a través del tiempo, de las sensaciones promiscuas y de todos esos amaneceres en llanto desesperado. En ese instante, en el que la luz de luna me daba cierta aura santificada, miré hacia todas las direcciones y comencé un ritual. Un ritual que sólo invocaba a la razón y al poder más grande, llamado voluntad para poderme despojar de ese demonio que se hallaba escondido, enredado, e intoxicando mi corazón. Ahí empece el exorcismo, llamando a los santos de ninguna religión, clamando a un Dios sordo, y llorándole a un cielo oscuro. Alaridos, maldiciones, e idilios profanados; fueron mis compañeros hasta que uno a uno fueron cediendo ante el amanecer. Un amanecer en el que me despoje de ente malvado que habitaba en mi corazón. Por que enamorarse de un espectro maldito y demoníaco es fácil. Lo difícil es desterrarlo entre cruces de púas y ritos extintos; hasta que de sí misma su presencia no sea más que un mutilado hueso de demonio.