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viernes, 12 de diciembre de 2008

jueves, 30 de octubre de 2008

Ya Dicho Todo

¿Qué decir de mí? Soy básicamente un hombre normal. No me gusta la cebolla, ni me gusta la palabra poetisa. Nunca me ha gustado. Me suena a pitonisa, y nunca me han gustado tampoco las togas. Me encantaría un día en el que nada más pudiera despertarme cuando ya no tuviera sueño, cuando ya pudiera decir que ya he descansado, en vez de que me despierten en la madrugada cuando todavía está oscuro, pero la libertad tiene su precio, e irónicamente a veces ese precio es una esclavitud sin remedio. Me exaspera la gente a la que le indico la mano izquierda y se revisa la derecha. Podría vivir aislado en el campo. No necesito demasiado para sobrevivir. Una cama, un techo y un gato. Soy del tipo de persona a la que le duran las alegrías por días, igual que las tristezas. Puedo ser plenamente feliz nada más sentado al borde de una carretera por la que casi no pasen carros a morder un cubo de hielo a mediodía… O que pasen, no importa. Mientras la gente se derrite, yo no entiendo por qué tienen que pasar las nubes a quitarme el sol. Tengo una cicatriz en la rodilla, dos en la barbilla, un corte en el codo, un lunar en el ojo y estoy destrozado por dentro de una forma que ni siquiera voy a comentar. De salud todo muy bien, nada importante. Sólo jaquecas por el sol de vez en cuando. No, digo destrozado porque hay demasiadas cosas que quisiera olvidar, y otras tantas que daría la vida por recordar pero que nunca pasaron. Por ejemplo, nunca vi ninguna estrella fugaz –cosa que me gustaría recordar- y tengo la certeza de que me voy a morir antes de ver una –eso lo quisiera olvidar-. Justamente hoy en la mañana estuve pensando que nunca he tenido de verdad una mascota, y siempre quise que mi perro se llamara Jota. Ya sabía cómo se iba a ver Jota. Lo veía correr, le veía el color, el pelo, el tamaño, y la veía a ella jugando con él en la casa que íbamos a tener, pero las cosas son así, ¿no? Nunca se dio. No sé adónde está ella exactamente. Sólo sé que está lo suficientemente lejos como para que yo ya no pensara en ella. Me parece que ese fue el plan desde el inicio, abandonarme pero nunca irse. Tengo pocos recuerdos de alguno de mis días que me traiga un sentimiento particularmente tibio. Nada más recuerdo un árbol de llama del bosque que estaba a la par de mi casa cuando era pequeño. Era imposible no verlo, pero las personas rara vez lo veían de verdad. Nunca logré notar la transición de las hojas a las flores. Siempre quise ir notando cómo se le quedaban las ramas llenas de botones mientras inundaba mi patio de hojas, pero cuando me daba la cuenta el piso crujía y a pesar de haberlo “visto” todos los días, nunca había notado que cambiaba. Y eso comprueba mi teoría, las personas somos como avestruces, y pasamos con la cabeza metida en la tierra sin ver lo que de verdad importa por miedo a morirnos, y nunca nos paramos a pensar si no valía la pena morir así, o si de verdad valía la pena vivir por sobrevivir. La verdad es que nunca he sido un buen ejemplo de nada. Ni siquiera lo soy ahora, que ya no tengo patio ni tengo árbol ni tengo nadie que me oiga para poder decirle todas las verdades que a estas horas sé, y que sé que casi nadie sabe. Es por eso que cuando estoy en el parque me dedico a ver a la gente pasar, y dependiendo de cómo se muevan y de cómo me vean, deduzco muy acertadamente qué tipo de persona son. Sé si son pobres, si no son lo que pretenden, a veces hasta noto en cómo caminan si vienen de un motel o de una iglesia. Si no me ignoran, procuro acercarme y hablarles, a veces creen que soy un loco y nada más agarran más fuerte la cartera y me siguen la corriente mientras piden un taxi. Prefiero pensar que lo que he sembrado en algunos es por lo menos la duda de la realidad que se oye detrás de lo que digo. Porque sé que ya no soy un jovencito, que no me veo fuerte, y que no tengo autoridad para decir nada. A veces me rodean las palomas y comen de mis manos, y a veces de verdad me siento mínimo estando junto a ellas. Para comenzar, ellas vuelan, y yo no. Yo nada más cierro los ojos para que el sol me ponga rojos los párpados, abro los brazos y por un rato me quedo ahí, nada más oyéndolas arrullar, hasta que pasa algún mocoso y las espanta. Me quedo pensando que no sabe lo que está haciendo, y para calmarme me imagino una paloma enorme que persigue una bandada de chiquillos, y que con el pico los arrastran de los brazos y de las piernas, y que de vez en cuando es clavan las uñas de las patas en la espalda hasta que quedan llorando. De verdad quedo satisfecho, a veces hasta me dan ganas de un café. ¿Sabe? Una vez sembré un árbol. Siempre me imaginé sentado debajo de la sombra de mi árbol. Y no iba a ser un árbol cualquiera. Iba a tener la corteza gruesa, con un tronco ancho. Eso sí, cerca del suelo iba a tener una bifurcación con una rama baja por la que yo le iba a ayudar a ella a subir. Cómo nos íbamos a reír cuando yo estuviera de pie en una rama alta y a ella le diera miedo que me tirara. La iba a molestar y luego, mientras estábamos sentados en una rama del medio, nos íbamos a besar como si de verdad me fuera a caer y ese fuera el último beso que me iba a dar. No se siente bien, no ser suficiente, no ser lo mejor, que siempre se pueda aspirar a algo más cuando se está con uno, ser verdaderamente pequeño e insignificante, ni siquiera merecedor de esa ínfima alegría que es que lo oigan a uno y no sentirse solo, no ser lo suficientemente importante como para que hubiera admitido viéndome a los ojos que no era suficiente. Irse dejándome como se va a perder un perro. Nos íbamos a encontrar justamente ahí, con las palomas. Nunca llegó. Y a partir de ese momento me sentí pequeño, más pequeño que un árbol, que un perro y que un gato. Comparable sólo con las palomas, salvo porque yo no vuelo y ellas sí. Básicamente ese soy yo, porque creo que importa poco lo que fui antes de esto. Ya dicho todo, ¿tengo el trabajo?

martes, 16 de septiembre de 2008

La Cama

Mi amor:
Querido Seb

Sebastián:

Sólo te escribo para ver cómo estás.

Hola, ¿cómo est Si volvieras, te lo juro qu

Pareciera que todo te sigue esperando, y sé por qué lo digo. Junto a la mía está tu almohada, y todavía al pie de la cama está tu libro en la página en que lo dejaste. Todavía acostado en mis piernas está Benito -¿le tenías que poner Benito?- que de vez en cuando bosteza y se me acerca descaradísimo a pasarme la lengua por el cuello.

Todo te espera. Aquí en la cama, sobre todo, te espero yo, aunque ya no sepa qué espero. Duermo hacia un lado, esperando despertarme y encontrarte en el otro, aunque lo que encuentre sea mucho frío y se suban a la cama las ganas de que me abracés. Con las ganas viene además el recuerdo de esa primera vez que me abrazaste, y cada vez que viene el recuerdo subo yo a la cama las fotos que tenemos –muy pocas para mi gusto-. Generalmente luego vuelve a subir Benito, y muevo tu libro para que no le pase nada. Estoy segura de que hay una pizca de futuro que entra por debajo de las cobijas. Se mete entre las almohadas el miedo que me da el animal que se oye afuera de la ventana. Le digo que no, pro igual entra un poco de odio por que no estés aquí. Por los lados la cama se va llenando de eso que hace que te espere, y ya casi no hay espacio para mí. Cruzo las piernas para guardar todavía un campo para vos.

Esperá. Hay algo en el pasillo. En la cama todos nos quedamos quietos, porque no podemos no pensar que podrías ser vos. Oímos algo que tiene llaves, y lo sentimos entrar al cuarto y sentarse en la cama. Lo vemos acostarse y nos cuesta un momento reconocerlo, pero cuando le vemos la cara no nos queda duda.

Disculpá entonces que te haya escrito en vano. Lo que llegó fue la esperanza de que cuando volvieras fueras el mismo. Mejor ya no volvás, entonces, porque entre Benito, los demás, él y yo, en la cama ya no quedaría espacio para vos .

Podés recoger tu libro.

Te espera,

Te ama,

Te amó,

Carmen.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Tornillos

La verdad esto no es nuevo. A veces pienso que desde antes de conocerla la estudiaba y la esperaba. Así es como han llegado todas mis penitencias, en las raíces de mi estudio para evadirlas. Ahora, sobre ella nunca pude concluir demasiado. Es hasta ahora que la veo desordenada (y cuán desordenada) en la cama que puedo contar lo que creo.

Sólo puedo suponer que siempre fue un espíritu de esos que logran estar por encima de todo esto; que le dan lo mismo los tornillos y los puertos, que puede pasar días sólo viendo el fondo de algo que nadie más ve, con la cabeza apoyada en la muñeca y la mano cayendo sobre el hombro. La conocida inconstancia supongo que no será tal, sino que será la oscilación natural del alma que los demás mantenemos ahí quieta usando la cabeza.

Si no me equivoco, para ella el cuerpo no podía ser menos importante. Gran vehículo, claro, pero instrumento de tornillos y puertos al fin y al cabo. Debe ser por eso que tantas veces no se percató de que estaba sangrando hasta que la sangre había manchado algo que sí le pareciera importante.

El tiempo le era tan poco significativo que no entendía cómo podían crecerle tanto las uñas en el momento que eran los meses, y aun así todas las mañanas me despertaba y me hacía presenciar el ritual de su vuelta al mundo, agitadísima por la sorpresa que le causaba haber revivido después de la noche.

Yo no fui nunca una excepción a sus excentricidades, y me tenía en tan alta estima como podía tener un pañuelo. Cuando veo hacia atrás pienso que me compartió su existencia por caridad, tratando de arreglarme con el día a día. Yo la veía hacerse más transparente cada noche, cuando se sentaba al borde de la cama a reponerse del fracaso que había sido compartir su perfección conmigo.

Para ella siempre fui el yo iluso, yo leproso, bajo, sarnoso, existente, terrenal, yo carbón. Yo que me arrastro por el mundo, que no levito como ella, que soy un aparato de tripas, que tiene cólera, que la quiere a ella y no la tiene, que en cambio de tenerla –y como buen animal- tiene el instinto y los dientes, y las ganas carnívoras de ella entera, no de la carroña de lo que le pudiera quedar de corpóreo.

Qué asco le da mi sangre, cómo la enferma. Cómo quisiera que yo no tuviera boca, que no le acercara las manos, pero sobre todo mi sangre. No tolera pensar que late y que me circula sucísima, constante.

Cómo le molesta. Ya no falta nada para que amanezca y me despierte agitadísima por haber revivido después de la noche y luego se vaya a esconderse de mí adonde nunca la encuentro. Por eso esta vez decidí levantarme y ahorrarle tanta molestia.

Me voy porque no quiero oír la escena cuando se despierte y en vez de encontrarme a mí se encuentre esparcido en la cama todo lo que tenía de tornillos y de sangre manchando las sábanas y la alfombra. Ah, y se va a encontrar un poco (muy poco) de carne.

Creo que se va a poner insoportable.