No es que yo sea el más inteligente, ni mucho menos el más guapo.
Sé que no soy el que pueda posar delante de una cámara recién levantado y aparentar un look de modelo.
Sé que mi caminar es un poco torpe y que sobre todo con frecuencia no freno mis impulsos emocionales.
A veces despierto a tu lado, y te veo a la par mía. Y sólo puedo pensar en que deseo seguir ahí dormido un rato más a tu lado, junto a tu calor, junto a tu respiración, junto a tu cuerpo.
No es que seas modelo, ni que tus 1.87 sean pura fibra y músculo.
Y aclaro que yo tampoco lo soy, peco de ser muy baboso y vanidoso y que mis 1.69 apenas me alcanzan para poder vestir con tallas de niño.
Pero aún así sé que en ti hay algo que me hace feliz, algo que me llena de calor y felicidad. Algo que me regala una sonrisa cada día y algo que me devuelve la alegría al despertar de los sueños tristes en los que me veo inmerso.
Soy un poco caprichoso y lo admito … mmm … a fin de cuentas no he dejado de ser un niño. Soy un poco extraño y también lo admito, pero con mi locura lo compenso.
Porque aunque la vida ha dado mil vueltas y me ha puesto en las peores tormentas, ahora me siento en una pradera, sin vísperas de niebla, y sin asomo de tristeza.
Y por eso hoy admito que no soy perfecto, admito que soy caprichoso, admito que soy loco, e infantil y baboso.
Pero sobre todo admito que te amo, y que para mi tu existencia es lo que me da amparo.
Porque si no es por ti no viviría de nuevo mi vida, y sin ti no hubiera recuperado esa alegría y reconstruido esa catedral en ruinas que en mi interior existía.
Por eso admito que te amo, y para mí ese es mi mayor regalo.
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miércoles, 3 de junio de 2009
lunes, 1 de diciembre de 2008
Tiempo
Ya van siendo varios años
De una huida, de un engaño
Y mientras pasan los momentos
La vida se viene siempre al suelo.
Deseo juntar esos extremos,
Y poner en mi cuello un talismán de fuego
Juntando mis manos y rezando al viento
Que todo el daño se consuma en el tiempo.
Veo atrás y veo desprecio,
Veo el futuro y se encuentra incierto,
Veo el presente y no sé si siento
Pero es ahora cuando estoy viviendo.
Y todavía, aún recuerdo
Los estigmas que en mis huesos dejo el hielo
Que con locura de besos y aliento
Trate de borrar sin remordimiento.
Entre más lo pienso, más lo creo
Que todo va a desencadenar un milagro,
A pesar de mi credo
Para poder naufragar sin miedo,
Oyendo el rumor del cielo
Que ya gris se ha puesto,
Y que sólo los rayos iluminan de nuevo.
Es tiempo lo que quiero,
Revertirlo y rehacerlo
Según mis movimientos,
Sean firmes o siniestros
O tal vez débiles y contentos.
Es tiempo lo que hace falta
Para acabar con las falsas amenazas,
De una vida perfecta,
Que se desvanece en la nada.
Es el eclipse el que predice,
Que después de varios años
Todo desaparece cuando la muerte llega
Sin poder divisar donde dejaste tus huellas.
De una huida, de un engaño
Y mientras pasan los momentos
La vida se viene siempre al suelo.
Deseo juntar esos extremos,
Y poner en mi cuello un talismán de fuego
Juntando mis manos y rezando al viento
Que todo el daño se consuma en el tiempo.
Veo atrás y veo desprecio,
Veo el futuro y se encuentra incierto,
Veo el presente y no sé si siento
Pero es ahora cuando estoy viviendo.
Y todavía, aún recuerdo
Los estigmas que en mis huesos dejo el hielo
Que con locura de besos y aliento
Trate de borrar sin remordimiento.
Entre más lo pienso, más lo creo
Que todo va a desencadenar un milagro,
A pesar de mi credo
Para poder naufragar sin miedo,
Oyendo el rumor del cielo
Que ya gris se ha puesto,
Y que sólo los rayos iluminan de nuevo.
Es tiempo lo que quiero,
Revertirlo y rehacerlo
Según mis movimientos,
Sean firmes o siniestros
O tal vez débiles y contentos.
Es tiempo lo que hace falta
Para acabar con las falsas amenazas,
De una vida perfecta,
Que se desvanece en la nada.
Es el eclipse el que predice,
Que después de varios años
Todo desaparece cuando la muerte llega
Sin poder divisar donde dejaste tus huellas.
domingo, 26 de octubre de 2008
Ella sabía...
Ese día estábamos caminando sin rumbo alguno, oyendo el cantar de las aves, y el sonido de la suave brisa al pasar por las copas de los árboles. Sin duda alguna ese día estaba resultando perfecto, su risa suave y delicada, su pelo negro y sus grandes ojos verdes que parecían que podían contemplar la vida misma con una sola ojeada.
Así caminamos ese día tomados de nuestras manos, como cualquier pareja, ella bien arreglada y con un delicado perfume a flores, y yo un poco desaliñado como era mi costumbre, y usando mi colonia favorita.
Esa era nuestra última salida de domingo, juntos como novios, ya que el siguiente domingo saldríamos a pasear pero como esposos.
Ya eran cinco maravillosos años juntos, con sus peleas normales como cualquier pareja, pero también con esos momentos compartidos que logran que la boca se separe un poco más de lo habitual, y más con una velocidad más pausada que la normal, pueda decir esas dos palabras que al oírlas de la boca de la otra persona hace que el cuerpo se estremezca.
Un te amo, o dos al día, nunca nos venían mal, aunque procurábamos no decirlo con mucha facilidad, para hacer que las palabras siguieran conservando su significado y más aún su intenso poder.
Por esas y otras razones que son más animales, esa noche nos sentamos en el sofá de mi apartamento e hicimos el amor como nunca antes, sabiendo que nuestras vidas iban a unirse de por vida, y que podríamos empezar a forjar el sueño que nos mantenía vivos de ilusión. Juntos queríamos poder adoptar, y criar una hermosa familia, ya que ambos como pareja no teníamos la bendición de poder procrear, nunca supimos cual de los dos era el infértil, esto para evitar posibles recriminaciones; así era nuestro amor.
La semana transcurrió con total normalidad, no nos íbamos a ver hasta el sábado para poder ultimar los pequeños grandes detalles de la ceremonia del día siguiente. De la manera acordada nos vimos ese sábado, fuimos a comer un helado porque curiosamente ella quería uno con ese frío y lluvias de setiembre. Entonces fuimos a comer helados, ella con su sabor a menta, yo con mi sabor a chocolate, al final como imaginarán entre besos y abrazos, los sabores en nuestras bocas se mezclaron, generando una deliciosa combinación.
En el momento que terminamos nuestros helados, y nos dirigíamos al salón de la fiesta, le sonó el celular y con la calma y dulzura que la caracterizaba lo contestó, pero, no acabo de decir “¿aló?”, cuando sólo sentí un puñal en mi espalda, mis ojos se abrieron y la vi a ella gritando sin que surgiera voz alguna de su garganta por el terror y tratando de resistir, en ese jaleo el hombre que le intentaba arrebatar el teléfono saco una pequeña pistola y le disparo a su pecho; ella instintivamente soltó el teléfono y cayó al piso. Y justo entonces me di cuenta de que ella si había gritado y que su voz si había salido, y que su resistencia a entregar el celular se debía a que había sido yo el primero en salir herido.
Sentí el puñal en mi espalda, y poco a poco perdía el conocimiento. Cuando desperté en el hospital, me dijeron que los dos habían fallecido. Yo extrañado pensé que alguien había matado al ladrón, justo entonces el doctor me sacó del error, y me dijo que íbamos a ser padres.
En ese momento lo comprendí todo, su antojo por el helado, su dulzura más intensificada que lo normal, y ese brillo en sus ojos como si contemplará a la propia vida. Ella lo sabía y me lo quería decir el día de nuestra boda.
Ella sabía que nuestro sueño estaba más cerca de lo jamás esperado.
Ella sabía que yo la amaba.
Ella sabía que iba a ser madre.
Ella sabía que yo iba a ser padre.
Ella lo sabía…
Así caminamos ese día tomados de nuestras manos, como cualquier pareja, ella bien arreglada y con un delicado perfume a flores, y yo un poco desaliñado como era mi costumbre, y usando mi colonia favorita.
Esa era nuestra última salida de domingo, juntos como novios, ya que el siguiente domingo saldríamos a pasear pero como esposos.
Ya eran cinco maravillosos años juntos, con sus peleas normales como cualquier pareja, pero también con esos momentos compartidos que logran que la boca se separe un poco más de lo habitual, y más con una velocidad más pausada que la normal, pueda decir esas dos palabras que al oírlas de la boca de la otra persona hace que el cuerpo se estremezca.
Un te amo, o dos al día, nunca nos venían mal, aunque procurábamos no decirlo con mucha facilidad, para hacer que las palabras siguieran conservando su significado y más aún su intenso poder.
Por esas y otras razones que son más animales, esa noche nos sentamos en el sofá de mi apartamento e hicimos el amor como nunca antes, sabiendo que nuestras vidas iban a unirse de por vida, y que podríamos empezar a forjar el sueño que nos mantenía vivos de ilusión. Juntos queríamos poder adoptar, y criar una hermosa familia, ya que ambos como pareja no teníamos la bendición de poder procrear, nunca supimos cual de los dos era el infértil, esto para evitar posibles recriminaciones; así era nuestro amor.
La semana transcurrió con total normalidad, no nos íbamos a ver hasta el sábado para poder ultimar los pequeños grandes detalles de la ceremonia del día siguiente. De la manera acordada nos vimos ese sábado, fuimos a comer un helado porque curiosamente ella quería uno con ese frío y lluvias de setiembre. Entonces fuimos a comer helados, ella con su sabor a menta, yo con mi sabor a chocolate, al final como imaginarán entre besos y abrazos, los sabores en nuestras bocas se mezclaron, generando una deliciosa combinación.
En el momento que terminamos nuestros helados, y nos dirigíamos al salón de la fiesta, le sonó el celular y con la calma y dulzura que la caracterizaba lo contestó, pero, no acabo de decir “¿aló?”, cuando sólo sentí un puñal en mi espalda, mis ojos se abrieron y la vi a ella gritando sin que surgiera voz alguna de su garganta por el terror y tratando de resistir, en ese jaleo el hombre que le intentaba arrebatar el teléfono saco una pequeña pistola y le disparo a su pecho; ella instintivamente soltó el teléfono y cayó al piso. Y justo entonces me di cuenta de que ella si había gritado y que su voz si había salido, y que su resistencia a entregar el celular se debía a que había sido yo el primero en salir herido.
Sentí el puñal en mi espalda, y poco a poco perdía el conocimiento. Cuando desperté en el hospital, me dijeron que los dos habían fallecido. Yo extrañado pensé que alguien había matado al ladrón, justo entonces el doctor me sacó del error, y me dijo que íbamos a ser padres.
En ese momento lo comprendí todo, su antojo por el helado, su dulzura más intensificada que lo normal, y ese brillo en sus ojos como si contemplará a la propia vida. Ella lo sabía y me lo quería decir el día de nuestra boda.
Ella sabía que nuestro sueño estaba más cerca de lo jamás esperado.
Ella sabía que yo la amaba.
Ella sabía que iba a ser madre.
Ella sabía que yo iba a ser padre.
Ella lo sabía…
miércoles, 22 de octubre de 2008
Decirte adiós
Cuando dices, que fui un timador de emociones
En realidad, eso no me conmociona,
Puedes decir que fui calculador,
Pero no por eso voy a tratar de hacerte sentir mejor.
Y es verdad, pude haber sido ser mejor,
Y es verdad, tal vez fui cruel,
Pero yo sé que fuiste más infeliz al quedarte sin mí,
Yo sé, te lo juro
Que estarás tres veces más triste sin mí.
Así que me puedes decir ¿cómo es qué medías ese “amor”?
Si todas esas charlas agridulces, salían de tu boca.
Y al yo tener que saborear esas palabras,
Se me dificultaba el tragar,
Pues eso fue lo verdaderamente dulce,
El saber que me volví inmune
A tu manipulación y a tus juegos.
Pero ya no se puede volver al inicio,
Porque nuestro tiempo ya murió.
Y adoro, y amo, el verte sufrir sin mi amor,
Y te juro que nunca más volverás a tenerme atado.
Pudiste comprarme, quebrarme,
Besarme y hasta mantenerme,
Aunque luego de haberlo intentado,
Me perdiste para siempre.
Porque después de todo fue inevitable que me deshiciera de ti.
Aún sabiendo que me necesitabas
El doble de lo que yo a ti.
Y ahora sé,
Que dejaste de vivir, cuando me fui,
Y ahora sé,
Que puedo reír por ese fin.
PD: Esto fue algo que debí haber escrito hace mucho tiempo (no es nada elevado, ni mucho menos algo muy elaborado, es solamente una despedida sencilla). Con esto pongo fin a esas "Ruinas de Herejía" que durante ya bastante tiempo, he tratado descifrar. Ahora es momento de recapacitar y demostrar que todo aquello que hizo daño, estorbo, o no ayudo en nada; ahora da igual. Porque el presente se encuentra mejor que nunca, y el pasado en pasado tiene que quedar.
En realidad, eso no me conmociona,
Puedes decir que fui calculador,
Pero no por eso voy a tratar de hacerte sentir mejor.
Y es verdad, pude haber sido ser mejor,
Y es verdad, tal vez fui cruel,
Pero yo sé que fuiste más infeliz al quedarte sin mí,
Yo sé, te lo juro
Que estarás tres veces más triste sin mí.
Así que me puedes decir ¿cómo es qué medías ese “amor”?
Si todas esas charlas agridulces, salían de tu boca.
Y al yo tener que saborear esas palabras,
Se me dificultaba el tragar,
Pues eso fue lo verdaderamente dulce,
El saber que me volví inmune
A tu manipulación y a tus juegos.
Pero ya no se puede volver al inicio,
Porque nuestro tiempo ya murió.
Y adoro, y amo, el verte sufrir sin mi amor,
Y te juro que nunca más volverás a tenerme atado.
Pudiste comprarme, quebrarme,
Besarme y hasta mantenerme,
Aunque luego de haberlo intentado,
Me perdiste para siempre.
Porque después de todo fue inevitable que me deshiciera de ti.
Aún sabiendo que me necesitabas
El doble de lo que yo a ti.
Y ahora sé,
Que dejaste de vivir, cuando me fui,
Y ahora sé,
Que puedo reír por ese fin.
PD: Esto fue algo que debí haber escrito hace mucho tiempo (no es nada elevado, ni mucho menos algo muy elaborado, es solamente una despedida sencilla). Con esto pongo fin a esas "Ruinas de Herejía" que durante ya bastante tiempo, he tratado descifrar. Ahora es momento de recapacitar y demostrar que todo aquello que hizo daño, estorbo, o no ayudo en nada; ahora da igual. Porque el presente se encuentra mejor que nunca, y el pasado en pasado tiene que quedar.
martes, 30 de septiembre de 2008
Entre la culpa y el amor
Eran las 7 de la mañana, mire la cicatriz en mi pecho y recordé todos aquellos momentos en los cuales la miraba incansablemente, con la idea de verla sanar poco a poco.
Las siete de la mañana, el momento en el que durante tanto tiempo la enfermera llegaba religiosamente a bañarme...
Ese accidente se dio en un día como cualquier otro. En el cual habíamos decidido ir a la playa, mis amigos y yo. Como el camino era largo, nos turnábamos para manejar. Fue a mí al que le tocó la última parte del viaje. Cuando por esas cosas de la vida que uno no comprende, vi el furgón justo delante de mí. El tiempo me dio apenas para intentar esquivarlo y lo logré derrapé un poco, pero el carro hizo un giro extraño, por el agua que todavía quedaba en la carretera de la lluvia que había pasado unos momentos antes. Así, no pude reaccionar a tiempo, y fuimos a dar al guindo que estaba al fondo de esa curva.
Sólo yo, perdón, sólo él y yo logramos sobrevivir. Observé hacia la derecha y ahí estaba mirándome, de pie. Ese día milagrosamente él logró salir casi ileso del accidente. Desde entonces aparte de mis padres, es la única persona que me visita. Claro los padres de mis amigos, nos culpan por la muerte de ellos, y yo en mi interior también me culpo por su muerte; pero no sé, si es peor quedar viviendo con la conciencia cargada de culpabilidad.
Pero él, él no me culpa, pasaba el día esperando que despertara para traerme ese vaso con agua que por la culpa de mi pulmón perforado, no puedo alcanzar yo mismo. O ese periódico que está en la entrada de cuidados intensivos. Esas pequeñas cosas que un enfermo no puede hacer, eso lo hacía él por mí.
Amigos y confidentes desde la infancia, eso habíamos sido Tony y yo. Pero en esos momentos ya no podía definir que éramos. Sencillamente mi vida sin él ya no la podía visualizar, sus atenciones, preocupación por mi salud, su alegría al hablar conmigo, y la forma como me miraba a los ojos. Eso no era de un simple amigo.
Una vez que salí del hospital, tras largos meses de espera, decidimos que era hora de independizarnos y empezar una nueva vida, lejos de esa gente que nos culpaba por haber sobrevivido.
Así empezamos nuestra vida juntos, seguimos nuestras vidas normales, pude conseguir una nueva con la cual no duré más que un escaso mes, mes en el cual no logré sentirme feliz en absoluto.
Pero la vida seguía y los dos lo sabíamos, hasta que un día, de repente todo cambio de nuevo. Sentí un dolor inmenso, que me penetraba el alma. Un dolor como ninguno que haya sentido antes. Quise gritar pero las palabras no lograban salir de mi garganta. Quise salir de la ducha y tratar de buscar auxilio. Pero las fuerzas abandonaron mi cuerpo. Lo último que recuerdo fue sentirme caer hacia el piso del baño, sentir como el agua recorría mis muslos y mi cuerpo… Y pensar en él.
Cuando abrí los ojos ahí estaba Tony, con sus ojos bañados en lágrimas y desesperado, tratando de hacer que yo recuperará la sensatez. Me bastó ver su preocupación, para que el dolor que me había atacado anteriormente, se alejara de mí.
Me incorporé poco a poco, él con su pelo negro mojado y sus pupilas impregnadas en lágrimas de preocupación. Algo se movió dentro de mí, algo que no sé cómo llamarlo, pero lo abrace también llorando y sin planearlo ni darnos cuenta de cómo sucedió, nos besamos, suave y silenciosamente.
Me secó con una toalla, y me llevó a la cama a descansar, se tumbó a mi lado. Mientras me besaba me dijo: “Te amo” y yo le respondí: “Yo también te amo”.
Así poco a poco nos quedamos dormidos, sabiendo que al despertar iba a empezar una vida totalmente diferente a la que llevábamos, pero al tanto de que la felicidad por fin había llegado a nuestras almas.
Las siete de la mañana, el momento en el que durante tanto tiempo la enfermera llegaba religiosamente a bañarme...
Ese accidente se dio en un día como cualquier otro. En el cual habíamos decidido ir a la playa, mis amigos y yo. Como el camino era largo, nos turnábamos para manejar. Fue a mí al que le tocó la última parte del viaje. Cuando por esas cosas de la vida que uno no comprende, vi el furgón justo delante de mí. El tiempo me dio apenas para intentar esquivarlo y lo logré derrapé un poco, pero el carro hizo un giro extraño, por el agua que todavía quedaba en la carretera de la lluvia que había pasado unos momentos antes. Así, no pude reaccionar a tiempo, y fuimos a dar al guindo que estaba al fondo de esa curva.
Sólo yo, perdón, sólo él y yo logramos sobrevivir. Observé hacia la derecha y ahí estaba mirándome, de pie. Ese día milagrosamente él logró salir casi ileso del accidente. Desde entonces aparte de mis padres, es la única persona que me visita. Claro los padres de mis amigos, nos culpan por la muerte de ellos, y yo en mi interior también me culpo por su muerte; pero no sé, si es peor quedar viviendo con la conciencia cargada de culpabilidad.
Pero él, él no me culpa, pasaba el día esperando que despertara para traerme ese vaso con agua que por la culpa de mi pulmón perforado, no puedo alcanzar yo mismo. O ese periódico que está en la entrada de cuidados intensivos. Esas pequeñas cosas que un enfermo no puede hacer, eso lo hacía él por mí.
Amigos y confidentes desde la infancia, eso habíamos sido Tony y yo. Pero en esos momentos ya no podía definir que éramos. Sencillamente mi vida sin él ya no la podía visualizar, sus atenciones, preocupación por mi salud, su alegría al hablar conmigo, y la forma como me miraba a los ojos. Eso no era de un simple amigo.
Una vez que salí del hospital, tras largos meses de espera, decidimos que era hora de independizarnos y empezar una nueva vida, lejos de esa gente que nos culpaba por haber sobrevivido.
Así empezamos nuestra vida juntos, seguimos nuestras vidas normales, pude conseguir una nueva con la cual no duré más que un escaso mes, mes en el cual no logré sentirme feliz en absoluto.
Pero la vida seguía y los dos lo sabíamos, hasta que un día, de repente todo cambio de nuevo. Sentí un dolor inmenso, que me penetraba el alma. Un dolor como ninguno que haya sentido antes. Quise gritar pero las palabras no lograban salir de mi garganta. Quise salir de la ducha y tratar de buscar auxilio. Pero las fuerzas abandonaron mi cuerpo. Lo último que recuerdo fue sentirme caer hacia el piso del baño, sentir como el agua recorría mis muslos y mi cuerpo… Y pensar en él.
Cuando abrí los ojos ahí estaba Tony, con sus ojos bañados en lágrimas y desesperado, tratando de hacer que yo recuperará la sensatez. Me bastó ver su preocupación, para que el dolor que me había atacado anteriormente, se alejara de mí.
Me incorporé poco a poco, él con su pelo negro mojado y sus pupilas impregnadas en lágrimas de preocupación. Algo se movió dentro de mí, algo que no sé cómo llamarlo, pero lo abrace también llorando y sin planearlo ni darnos cuenta de cómo sucedió, nos besamos, suave y silenciosamente.
Me secó con una toalla, y me llevó a la cama a descansar, se tumbó a mi lado. Mientras me besaba me dijo: “Te amo” y yo le respondí: “Yo también te amo”.
Así poco a poco nos quedamos dormidos, sabiendo que al despertar iba a empezar una vida totalmente diferente a la que llevábamos, pero al tanto de que la felicidad por fin había llegado a nuestras almas.
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viernes, 19 de septiembre de 2008
Carta!!!
De : mi
Para : ¿¿??
Esa noche te vi, te besabas con ella, y luego te besabas con él. Sabiendo que era conmigo con quien estabas. Subí corriendo con lágrimas en mis ojos no sabía si estabas con ellos, porque ella te daba los senos que yo no poseía, o él la estatura que no lograré jamás alcanzar. O tal vez por que nunca me quisiste.
Te dije que te amaba en un suspiro lleno de alcohol, de lágrimas, y de pensamientos.
Te dije que te iba a esperar, que yo sabía que no era el momento. Aunque adentro de mi ser, yo sabía que eso no era verdad.
Oía como la música se iba amortiguando conforme yo me iba alejando del lugar. Voltee para ver si venías a consolarme o decirme que todo estaba bien. Pero no, ahí donde volví a ver sólo reinaban las luces de la ciudad, la música del antro, y miradas incómodas de gente que me veía entre risas y preocupación, mientras yo corría desgarrado en lágrimas.
Agarré un taxi y le dije que me llevará a dar vueltas, que no tenía ningún lugar donde ir. Porque, en esos momentos no sentía ganas de volver a ese “hogar”, que sin tu presencia está vacío.
Al final me decidí volver a mi casa de nacimiento, ahí donde mis padres me recibieron con fuertes abrazos. Nunca supe, y todavía no sé si esa noche la terminaste con él, y con ella, o con más gente.
Parece que se te olvidaba la forma como hacíamos el amor… Como nuestros ojos se miraban… Como nuestra sonrisas se encontraban… Y como luego de eso…
Luego de eso…
……………
Me decías que me tenía que ir, porque te daba miedo que me pasará algo.
Sé que tenías varios nombres, porque leí los mensajes de tu celular, te llamaban con nombres que yo sabía que no eran los tuyos, te incitaban a charlas seductoras, cargadas de temas sexuales.
Y yo en mi ingenuidad y estupidez me refugiaba, pensando que podía llegar a tu corazón.
Ese fue mi error, por eso hoy en esta carta te escribo lo que sentí. Aunque no sé a quien dedicársela por que no sé por cual nombre o apodo llamarte. Así que sólo la pondré aquí en este lugar, que sé es tu favorito para que la puedas leer.
Gracias por dañarme de esa forma, porque ahora soy mucho más fuerte que lo que nunca fui. Gracias por envenenarme de odio, mentira y falsedad, porque ahora te puedo decir que te perdono de todo corazón.
Atte: YO
Para : ¿¿??
Esa noche te vi, te besabas con ella, y luego te besabas con él. Sabiendo que era conmigo con quien estabas. Subí corriendo con lágrimas en mis ojos no sabía si estabas con ellos, porque ella te daba los senos que yo no poseía, o él la estatura que no lograré jamás alcanzar. O tal vez por que nunca me quisiste.
Te dije que te amaba en un suspiro lleno de alcohol, de lágrimas, y de pensamientos.
Te dije que te iba a esperar, que yo sabía que no era el momento. Aunque adentro de mi ser, yo sabía que eso no era verdad.
Oía como la música se iba amortiguando conforme yo me iba alejando del lugar. Voltee para ver si venías a consolarme o decirme que todo estaba bien. Pero no, ahí donde volví a ver sólo reinaban las luces de la ciudad, la música del antro, y miradas incómodas de gente que me veía entre risas y preocupación, mientras yo corría desgarrado en lágrimas.
Agarré un taxi y le dije que me llevará a dar vueltas, que no tenía ningún lugar donde ir. Porque, en esos momentos no sentía ganas de volver a ese “hogar”, que sin tu presencia está vacío.
Al final me decidí volver a mi casa de nacimiento, ahí donde mis padres me recibieron con fuertes abrazos. Nunca supe, y todavía no sé si esa noche la terminaste con él, y con ella, o con más gente.
Parece que se te olvidaba la forma como hacíamos el amor… Como nuestros ojos se miraban… Como nuestra sonrisas se encontraban… Y como luego de eso…
Luego de eso…
……………
Me decías que me tenía que ir, porque te daba miedo que me pasará algo.
Sé que tenías varios nombres, porque leí los mensajes de tu celular, te llamaban con nombres que yo sabía que no eran los tuyos, te incitaban a charlas seductoras, cargadas de temas sexuales.
Y yo en mi ingenuidad y estupidez me refugiaba, pensando que podía llegar a tu corazón.
Ese fue mi error, por eso hoy en esta carta te escribo lo que sentí. Aunque no sé a quien dedicársela por que no sé por cual nombre o apodo llamarte. Así que sólo la pondré aquí en este lugar, que sé es tu favorito para que la puedas leer.
Gracias por dañarme de esa forma, porque ahora soy mucho más fuerte que lo que nunca fui. Gracias por envenenarme de odio, mentira y falsedad, porque ahora te puedo decir que te perdono de todo corazón.
Atte: YO
viernes, 5 de septiembre de 2008
El último momento
Las velas estaban ya derretidas, su luz casi se extinguía, el florero roto en mil pedazos cerca de la puerta, las flores que este antes contenía sin vida y aplastadas. Y yo apenas iluminado por los pocos destellos que quedaban en la habitación, tirado en el piso como si hubiera decidido dormir en el. Así estaba mirando hacia el techo sabiendo que ya sólo me quedaban unos pocos momentos más.
Yo nací siendo uno de esos hombres que tuvieron la dicha de tenerlo todo, buena casa con su jardín amplio, comida siempre en la mesa y si está no se encontraba ahí podía llamar a las empleadas, de niño todos los juguetes que quisiera desde los típicos legos hasta las últimas consolas de videojuegos, en la adolescencia tenía el dinero para comprar lo que quisiera ya fuera un helado o un caro juego de ropa, hasta carro tenía. Además tuve la bendición de nacer muy bien parecido, no como esos imbéciles que andan por las calles y que no son más que adefesios con accesorios que enmascaran su fealdad. En fin, lo tenía todo.
Por eso siempre fui un gran irresponsable en el estudio y en el amor, me acuerdo de una tal Jimena, guapa como ella sola, unos muslos bien ejercitados y un abdomen plano plano; le prometí cielo y tierra, entiendase joyas y diamantes. Al final después de una loca noche de sexo la deje llorando con el corazón en la mano y las manos atrás de la espalda, y le dije que ya había obtenido lo que quería y le tire unos cuantos billetes para que se comprara sus diamantes, aunque estos fueran de fantasía.
Con María fue distinto, ella era una niña, y si, digo niña por que recién había cumplido los dieciséis y yo ya de veinti-tantos con mucha más experiencia que el mismo diablo, le dije que la amaba, que era lo más hermoso que había visto; y aclaro lo hermoso eran mis deseos de tenerla a mi lado en la cama. Y con esos típicos cuentos, más trillados que novelas mexicanas, le pedí la famosa prueba de amor. Claro ella en su inocencia adolescente, su humildad de típica mujer campesina que se viene enfrentando a la ciudad por primera vez y su amor hacia mi, temerosa al inicio y tierna después accedió.
La hice como quise, sin que me importara mucho que fuera su primera vez, en fin eso era lo que yo buscaba. Ella me entrego su cuerpo y su alma y por supuesto tomé sólo su cuerpo. A los días le dije que no podía seguir con ella por que había encontrado alguien más a mi altura, y le obsequie una cadenita de plata por su buen comportamiento. Aunque ese detalle no evito que se devolviera a su pueblo decepcionada y totalmente destruida.
Luego conocí a Lorena, salvaje, un poco agresiva en el sexo, de ojos como fuego y piel bronceada. Esta si fue más inteligente y logró tener mi compañía por casi medio año, obviamente medio año en el que yo probaba alguno que otro postre del menú. Hasta que un día me descubrió con una muchacha de colegio y la obligo a marcharse. Como toda mujer indignada, decidió armarme pleito y ni para que lo hizo, termino en la clínica para que le revisarán los golpes y laceraciones que le cause por mi cólera; creo que se me paso la mano, pero ella tenía la culpa por llegar antes de lo previsto, la agarre por el pelo y la golpee contra la mesita de noche de la cama y luego le di una patada que la dejo tumbada en el suelo. Y como se imaginarán ahí termino todo.
Pasó ya bastante tiempo, hasta que un Domingo cuando iba a ver las mujeres que salían de la misa de las once, la vi. Pelo negro lacio, ojos verdes, alta, morena, curvas perfectas, porte de reina y un aroma a fruta del edén.
Se llamaba Karina, y aunque al principio buscaba lo mismo que con las demás, no sé como poco a poco empecé a sentir lo que nunca antes, esa palabra que dicha a la ligera suena estúpida, pero que dicha de corazón es como el paraíso. Si, sentí amor.
¡Maldita sea! Nos casamos a los meses, firmamos los documentos legales que le proporcionarían una vida segura en caso de un accidente que me sucediera.
Ella sabía lo que iba a hacer, nueve meses después de casarnos, llegó un día y me dijo “tenemos que hablar”, esa frase todavía resuena en mis oídos, esas palabras nunca advierten algo bueno.
Comenzamos a hablar me dijo que no me amaba, que sólo había estado fingiendo que era feliz a mi lado, que yo era un asco de persona, que no sabía hacer nada bien y mucho menos el amor, y que con respecto a ese tema, me iba a enseñar algo. Y si que me lo enseñó, me enseñó mi camino a la muerte, me extendió un sobre el cual abrí al momento con lágrimas en mis ojos, ya que pensaba que era el divorcio, pero no, no lo era, eran fotos de ella, desnuda en poses sexuales con otros hombres, con mujeres, y hasta con los dos sexos a la vez.
No lo podía creer, mi vida se hizo pedazos en ese momento, le grite, la llame puta, golpee la mesa, lloré, agarre el florero y lo tiré contra la puerta, me le acerqué, pero de inmediato me aleje, me producía una extraña sensación, como de asco, con dolor, ira y desilución.
No pude más y me tire al piso, como un niño que gatea busca el abrazo de su madre. Así totalmente vulnerable por primera vez sentí el dolor de un corazón roto, justo en ese momento me paso una lista de facturas por millones que estaban a mi nombre, de vestidos carísimos, un automóvil, perfumes, joyas, viajes que se suponían que eran de trabajo y que en realidad habían salido de mis bolsillos. No necesite calculadora para saber que estaba en la quiebra, fijo por eso me dejo.
Ella se dirigió hacia la puerta agarro un trozo del vidrio del florero quebrado, con sus manos cubiertas por unos finos guantes, y me lo puso en mi palma. Y se fue sin volver a mirar atrás.
Entonces las recordé, y vi a Jimena vestida con joyas y tomo mi mano vacía y se la acerco a Lorena que sostenía mi mano con el vidrio en ella y ahí apareció María, la inocente María que tomo ambas manos e hizo que me cortara las venas no sin antes dejarme la cadenita de plata que le había regalado, en mi cuello.
Se levantaron agarraron una vela roja cada una, y la pusieron ahí donde en este momento las estoy viendo, ya casi derretidas por completo, fundiéndose con el rojo de mi sangre que avanza por el piso. Y de blanco angelical las tres mujeres a las que les destruí de vida poco a poco iban ascendiendo hacia el techo, hasta dejarme sólo.
Una última lágrima cae de mis ojos, sé que ya es muy tarde para arrepentirme, pero lo hago con toda mi alma.
La voz de Karina se oía a lo lejos diciendo que toda mi fortuna ahora pasaría a su nombre, y que todo había sido un vil montaje.
Mis ojos se cerraron y sólo mi mente es la que segundo tras segundo se va consumiendo.
Yo nací siendo uno de esos hombres que tuvieron la dicha de tenerlo todo, buena casa con su jardín amplio, comida siempre en la mesa y si está no se encontraba ahí podía llamar a las empleadas, de niño todos los juguetes que quisiera desde los típicos legos hasta las últimas consolas de videojuegos, en la adolescencia tenía el dinero para comprar lo que quisiera ya fuera un helado o un caro juego de ropa, hasta carro tenía. Además tuve la bendición de nacer muy bien parecido, no como esos imbéciles que andan por las calles y que no son más que adefesios con accesorios que enmascaran su fealdad. En fin, lo tenía todo.
Por eso siempre fui un gran irresponsable en el estudio y en el amor, me acuerdo de una tal Jimena, guapa como ella sola, unos muslos bien ejercitados y un abdomen plano plano; le prometí cielo y tierra, entiendase joyas y diamantes. Al final después de una loca noche de sexo la deje llorando con el corazón en la mano y las manos atrás de la espalda, y le dije que ya había obtenido lo que quería y le tire unos cuantos billetes para que se comprara sus diamantes, aunque estos fueran de fantasía.
Con María fue distinto, ella era una niña, y si, digo niña por que recién había cumplido los dieciséis y yo ya de veinti-tantos con mucha más experiencia que el mismo diablo, le dije que la amaba, que era lo más hermoso que había visto; y aclaro lo hermoso eran mis deseos de tenerla a mi lado en la cama. Y con esos típicos cuentos, más trillados que novelas mexicanas, le pedí la famosa prueba de amor. Claro ella en su inocencia adolescente, su humildad de típica mujer campesina que se viene enfrentando a la ciudad por primera vez y su amor hacia mi, temerosa al inicio y tierna después accedió.
La hice como quise, sin que me importara mucho que fuera su primera vez, en fin eso era lo que yo buscaba. Ella me entrego su cuerpo y su alma y por supuesto tomé sólo su cuerpo. A los días le dije que no podía seguir con ella por que había encontrado alguien más a mi altura, y le obsequie una cadenita de plata por su buen comportamiento. Aunque ese detalle no evito que se devolviera a su pueblo decepcionada y totalmente destruida.
Luego conocí a Lorena, salvaje, un poco agresiva en el sexo, de ojos como fuego y piel bronceada. Esta si fue más inteligente y logró tener mi compañía por casi medio año, obviamente medio año en el que yo probaba alguno que otro postre del menú. Hasta que un día me descubrió con una muchacha de colegio y la obligo a marcharse. Como toda mujer indignada, decidió armarme pleito y ni para que lo hizo, termino en la clínica para que le revisarán los golpes y laceraciones que le cause por mi cólera; creo que se me paso la mano, pero ella tenía la culpa por llegar antes de lo previsto, la agarre por el pelo y la golpee contra la mesita de noche de la cama y luego le di una patada que la dejo tumbada en el suelo. Y como se imaginarán ahí termino todo.
Pasó ya bastante tiempo, hasta que un Domingo cuando iba a ver las mujeres que salían de la misa de las once, la vi. Pelo negro lacio, ojos verdes, alta, morena, curvas perfectas, porte de reina y un aroma a fruta del edén.
Se llamaba Karina, y aunque al principio buscaba lo mismo que con las demás, no sé como poco a poco empecé a sentir lo que nunca antes, esa palabra que dicha a la ligera suena estúpida, pero que dicha de corazón es como el paraíso. Si, sentí amor.
¡Maldita sea! Nos casamos a los meses, firmamos los documentos legales que le proporcionarían una vida segura en caso de un accidente que me sucediera.
Ella sabía lo que iba a hacer, nueve meses después de casarnos, llegó un día y me dijo “tenemos que hablar”, esa frase todavía resuena en mis oídos, esas palabras nunca advierten algo bueno.
Comenzamos a hablar me dijo que no me amaba, que sólo había estado fingiendo que era feliz a mi lado, que yo era un asco de persona, que no sabía hacer nada bien y mucho menos el amor, y que con respecto a ese tema, me iba a enseñar algo. Y si que me lo enseñó, me enseñó mi camino a la muerte, me extendió un sobre el cual abrí al momento con lágrimas en mis ojos, ya que pensaba que era el divorcio, pero no, no lo era, eran fotos de ella, desnuda en poses sexuales con otros hombres, con mujeres, y hasta con los dos sexos a la vez.
No lo podía creer, mi vida se hizo pedazos en ese momento, le grite, la llame puta, golpee la mesa, lloré, agarre el florero y lo tiré contra la puerta, me le acerqué, pero de inmediato me aleje, me producía una extraña sensación, como de asco, con dolor, ira y desilución.
No pude más y me tire al piso, como un niño que gatea busca el abrazo de su madre. Así totalmente vulnerable por primera vez sentí el dolor de un corazón roto, justo en ese momento me paso una lista de facturas por millones que estaban a mi nombre, de vestidos carísimos, un automóvil, perfumes, joyas, viajes que se suponían que eran de trabajo y que en realidad habían salido de mis bolsillos. No necesite calculadora para saber que estaba en la quiebra, fijo por eso me dejo.
Ella se dirigió hacia la puerta agarro un trozo del vidrio del florero quebrado, con sus manos cubiertas por unos finos guantes, y me lo puso en mi palma. Y se fue sin volver a mirar atrás.
Entonces las recordé, y vi a Jimena vestida con joyas y tomo mi mano vacía y se la acerco a Lorena que sostenía mi mano con el vidrio en ella y ahí apareció María, la inocente María que tomo ambas manos e hizo que me cortara las venas no sin antes dejarme la cadenita de plata que le había regalado, en mi cuello.
Se levantaron agarraron una vela roja cada una, y la pusieron ahí donde en este momento las estoy viendo, ya casi derretidas por completo, fundiéndose con el rojo de mi sangre que avanza por el piso. Y de blanco angelical las tres mujeres a las que les destruí de vida poco a poco iban ascendiendo hacia el techo, hasta dejarme sólo.
Una última lágrima cae de mis ojos, sé que ya es muy tarde para arrepentirme, pero lo hago con toda mi alma.
La voz de Karina se oía a lo lejos diciendo que toda mi fortuna ahora pasaría a su nombre, y que todo había sido un vil montaje.
Mis ojos se cerraron y sólo mi mente es la que segundo tras segundo se va consumiendo.
miércoles, 3 de septiembre de 2008
¿Cuestión de edad?
Debía tener quince años o más que yo, pero no importaba, ¿o si?.
Nos besábamos intensamente, y yo sentía que mi corazón se iba a salir de mi pecho, después de años de observarle, de sonreírle y saludarle; por fin podía sentir sus carnosos labios contra los míos.
Mi ojos querían llorar de la felicidad no lograba concebir que fuera verdad lo que estaba viviendo, en mi propi cuarto como siempre lo había fantaseado, con las esencias de aromas que decoraban cada rincón de mi habitación. Su vientre sobre el mío, nuestros ojos conectados como si pudiésemos ver a través de nuestras almas.
Note su sonrisa pícara, esa sonrisa que me hizo enamorarme desde el principio, por supuesto ya sabía que yo que debía tener mucha más experiencia en cuestiones del amor y sus aventuras. Pero en ese momento no me importaba mucho ¿o si?
Yo apenas estaba estudiando, y mientras veía su ropa por el piso no podía dejar de pensar que venía del trabajo. Notó mi momentánea duda y con suavidad me volteo nuevamente hacia su rostro y me miro fijamente con esos ojos color café que hacían estremecer cada uno de mis poros, y me preguntó.
¿Te estás arrepintiendo de lo que hacemos?
De inmediato le dije que no, y deslice mis dedos por su cabello mientras podía ver pequeños y delgados cabellos blancos dispersos por todo lado.
Baje mis manos por su espalda sentí su piel bien cuidada, sin rastros de impurezas, sentía el calor de su piel, su aroma, su respiración y mi corazón seguía latiendo a mil por hora.
Sabía que eso había sido amor a primera vista, pero la duda me comía.
¿Más de quince años es mucho o no?
En realidad estaba buscando alguna excusa para no hacer lo que estaba haciendo. Cerré los ojos mientras sentía su presencia. En realidad su edad no me importaba.
Volví a mirar su ropa en el suelo, vi su enagua, sus prendas íntimas, su blusa. La volteé a ver nuevamente y la besé.
No definitivamente su edad no me importaba. Mire hacia donde estaba mi ropa y pude contemplar mi propia enagua, mis medias, mis zapatos, y el resto de mi ropa.
No, definitivamente no era su edad la que me hacia dudar.
Nos besábamos intensamente, y yo sentía que mi corazón se iba a salir de mi pecho, después de años de observarle, de sonreírle y saludarle; por fin podía sentir sus carnosos labios contra los míos.
Mi ojos querían llorar de la felicidad no lograba concebir que fuera verdad lo que estaba viviendo, en mi propi cuarto como siempre lo había fantaseado, con las esencias de aromas que decoraban cada rincón de mi habitación. Su vientre sobre el mío, nuestros ojos conectados como si pudiésemos ver a través de nuestras almas.
Note su sonrisa pícara, esa sonrisa que me hizo enamorarme desde el principio, por supuesto ya sabía que yo que debía tener mucha más experiencia en cuestiones del amor y sus aventuras. Pero en ese momento no me importaba mucho ¿o si?
Yo apenas estaba estudiando, y mientras veía su ropa por el piso no podía dejar de pensar que venía del trabajo. Notó mi momentánea duda y con suavidad me volteo nuevamente hacia su rostro y me miro fijamente con esos ojos color café que hacían estremecer cada uno de mis poros, y me preguntó.
¿Te estás arrepintiendo de lo que hacemos?
De inmediato le dije que no, y deslice mis dedos por su cabello mientras podía ver pequeños y delgados cabellos blancos dispersos por todo lado.
Baje mis manos por su espalda sentí su piel bien cuidada, sin rastros de impurezas, sentía el calor de su piel, su aroma, su respiración y mi corazón seguía latiendo a mil por hora.
Sabía que eso había sido amor a primera vista, pero la duda me comía.
¿Más de quince años es mucho o no?
En realidad estaba buscando alguna excusa para no hacer lo que estaba haciendo. Cerré los ojos mientras sentía su presencia. En realidad su edad no me importaba.
Volví a mirar su ropa en el suelo, vi su enagua, sus prendas íntimas, su blusa. La volteé a ver nuevamente y la besé.
No definitivamente su edad no me importaba. Mire hacia donde estaba mi ropa y pude contemplar mi propia enagua, mis medias, mis zapatos, y el resto de mi ropa.
No, definitivamente no era su edad la que me hacia dudar.
martes, 2 de septiembre de 2008
Fantasía
Salí de mi casa como todos los días, disfrutando del sol de la mañana y de ese intenso olor a tierra húmeda que queda flotando en el ambiente luego de que el sereno de la madrugada se precipitara.
Pase a la pulpería para comprar mi ya normal “desayuno” que incluía una manzana, y un yogurt de cualquier sabor. Sin embargo esa mañana algo diferente estaba ocurriendo con mis emociones, no lograba concentrarme, estaba acelerada e inquieta, y a la vez a la expectativa deseando que fuera la hora de la salida en mi trabajo.
Por cuestiones de mi profesión, secretaria de un abogado, tenía que andar excesivamente bien presentada tanto o más de lo que mi salario podía cubrir; pero eso no era lo que me molestaba ya que para casi todas las mujeres sentirnos atractivas es algo que nos hace sentir bien. El verdadero problema era la falta de locura, pasión, creatividad o como le quieran llamar, en la rutina de contestar y colgar el teléfono.
Siempre de niña soñé con ser una bailarina de tango, de esas que usan vestidos atrevidos pero conservadores, sensuales pero a la vez refinados, zapatos con tacones altos que le daban clase a quien los portaba, y esas gargantillas y accesorios enigmáticos que mi escaso sueldo no me dejaba poseer.
También soñaba con ser una cantante de ópera, cuya voz se pudiera oír con la fuerza de quien canta desde el alma; o tal vez una pintora para poder crear esos mundos de fantasía y llenos de color.
Ya era demasiado, yo sabía que no podía continuar así, ocupaba algo de pasión en mi vida. En eso mordí la manzana que tenía en mi mano y la sensualidad que me produjo en los labios me llevó a un éxtasis en el cual debo admitir desee algo más que simple pasión.
Así paso el día atendiendo al Señor Rodríguez, al Señor Guzmán, a Don Jeremías de la O, Doña Socorro Castro, en fin un montón de nombres que recuerdo sólo por lo monótono de la rutina. Hasta que por fin eran las cuatro, casi sin despedirme salí de mi trabajo decidida a hacer algo creativo.
Luego de una hora de caminar y pensar por las calles que transitaba normalmente, seguía sin saber que hacer. Resignada me devolví hacia la parada de mi bus y fue ahí cuando oí ese sonido.
Alguien a la distancia escuchaba tango, me fui acercando y vi que el sonido salía de una pequeña ferretería de pueblo, en eso se me ocurrió una idea, darle un nuevo color a mi casa. Entré decidida a comprar medio galón de pintura verde y medio de amarillo, ya que era lo máximo que podía comprar de momento.
Una vez dentro vi que nadie estaba atendiendo toque con una moneda el mostrador pero nada, sólo se oía la música salir a través de una puerta atrás del mostrador. Con miedo y a la vez un poco de excitación por hacer algo indebido me pase con cuidado al otro lado y me asomé por la puerta.
Justo ahí lo vi, no muy flaco y no muy grueso, alto yo diría que alrededor de metro ochenta, pelo rubio recogido en una cola, ojos castaños, y camisa blanca apretada y jeans sucio por el trabajo pero que no ocultaba la redondez de sus curvas casi perfectas. Sin poderlo contener ahogue un suspiro y él se volvió.
Extrañado y asustado por mi presencia me preguntó por lo que se me ofrecía, no pude responderle, el tango en mis oídos, él en mi vista, mi corazón acelerado y mi feminidad deseosa de sensaciones; me hicieron abalanzarme sobre él y empezar a besarlo.
Pasado el primer susto el me correspondió, cerró la puerta y sin querer derramo un tarro de pintura color lila que al parecer era una mezcla que estaba preparando. Nerviosa intente ayudarle a limpiar el reguero pero sólo logré resbalarme y caer sobre la pintura.
En eso yo que deseaba salir corriendo por la pena sentí como sus brazos me sujetaban por detrás y suavemente sus manos me iban desnudando, poco a poco tomé control de lo que pasaba y empecé a quitarle sus prendas. Estábamos desnudos uno sobre el otro en el piso, y justo ahí decidí expresar mi creatividad, con la pintura que estaba embarrada en mis manos lo empecé a decorar su pecho, sus piernas, su espalda, mientras sentía como él motivado por la circunstancia también dibujaba sobre mi piel trazos de distintos colores que había derramado adrede.
Entre el sudor de la pasión, los colores, las sensaciones y la música nos unimos completamente, mientras nos besábamos y respirábamos con excitación.
Después del intenso fogueo de sensaciones, me quede dormida y cuando desperté estaba en mi cama y sobre mi vientre una carta con un pedazo de papel dentro con diferentes manchas de pintura me voltee a ver y vi que estaba limpia, tomé la manzana que tenia a mi lado la mordí y recordé como ese mismo día temprano esa manzana fue la que me impulso a soñar con mi mayor fantasía.
Me vestí salí de mi casa, me dirigí de nuevo a la rutina del trabajo pero con una sonrisa en mi boca.
Al menos había logrado en una muy real fantasía lo que en mi vida normal no lograría.
Pase a la pulpería para comprar mi ya normal “desayuno” que incluía una manzana, y un yogurt de cualquier sabor. Sin embargo esa mañana algo diferente estaba ocurriendo con mis emociones, no lograba concentrarme, estaba acelerada e inquieta, y a la vez a la expectativa deseando que fuera la hora de la salida en mi trabajo.
Por cuestiones de mi profesión, secretaria de un abogado, tenía que andar excesivamente bien presentada tanto o más de lo que mi salario podía cubrir; pero eso no era lo que me molestaba ya que para casi todas las mujeres sentirnos atractivas es algo que nos hace sentir bien. El verdadero problema era la falta de locura, pasión, creatividad o como le quieran llamar, en la rutina de contestar y colgar el teléfono.
Siempre de niña soñé con ser una bailarina de tango, de esas que usan vestidos atrevidos pero conservadores, sensuales pero a la vez refinados, zapatos con tacones altos que le daban clase a quien los portaba, y esas gargantillas y accesorios enigmáticos que mi escaso sueldo no me dejaba poseer.
También soñaba con ser una cantante de ópera, cuya voz se pudiera oír con la fuerza de quien canta desde el alma; o tal vez una pintora para poder crear esos mundos de fantasía y llenos de color.
Ya era demasiado, yo sabía que no podía continuar así, ocupaba algo de pasión en mi vida. En eso mordí la manzana que tenía en mi mano y la sensualidad que me produjo en los labios me llevó a un éxtasis en el cual debo admitir desee algo más que simple pasión.
Así paso el día atendiendo al Señor Rodríguez, al Señor Guzmán, a Don Jeremías de la O, Doña Socorro Castro, en fin un montón de nombres que recuerdo sólo por lo monótono de la rutina. Hasta que por fin eran las cuatro, casi sin despedirme salí de mi trabajo decidida a hacer algo creativo.
Luego de una hora de caminar y pensar por las calles que transitaba normalmente, seguía sin saber que hacer. Resignada me devolví hacia la parada de mi bus y fue ahí cuando oí ese sonido.
Alguien a la distancia escuchaba tango, me fui acercando y vi que el sonido salía de una pequeña ferretería de pueblo, en eso se me ocurrió una idea, darle un nuevo color a mi casa. Entré decidida a comprar medio galón de pintura verde y medio de amarillo, ya que era lo máximo que podía comprar de momento.
Una vez dentro vi que nadie estaba atendiendo toque con una moneda el mostrador pero nada, sólo se oía la música salir a través de una puerta atrás del mostrador. Con miedo y a la vez un poco de excitación por hacer algo indebido me pase con cuidado al otro lado y me asomé por la puerta.
Justo ahí lo vi, no muy flaco y no muy grueso, alto yo diría que alrededor de metro ochenta, pelo rubio recogido en una cola, ojos castaños, y camisa blanca apretada y jeans sucio por el trabajo pero que no ocultaba la redondez de sus curvas casi perfectas. Sin poderlo contener ahogue un suspiro y él se volvió.
Extrañado y asustado por mi presencia me preguntó por lo que se me ofrecía, no pude responderle, el tango en mis oídos, él en mi vista, mi corazón acelerado y mi feminidad deseosa de sensaciones; me hicieron abalanzarme sobre él y empezar a besarlo.
Pasado el primer susto el me correspondió, cerró la puerta y sin querer derramo un tarro de pintura color lila que al parecer era una mezcla que estaba preparando. Nerviosa intente ayudarle a limpiar el reguero pero sólo logré resbalarme y caer sobre la pintura.
En eso yo que deseaba salir corriendo por la pena sentí como sus brazos me sujetaban por detrás y suavemente sus manos me iban desnudando, poco a poco tomé control de lo que pasaba y empecé a quitarle sus prendas. Estábamos desnudos uno sobre el otro en el piso, y justo ahí decidí expresar mi creatividad, con la pintura que estaba embarrada en mis manos lo empecé a decorar su pecho, sus piernas, su espalda, mientras sentía como él motivado por la circunstancia también dibujaba sobre mi piel trazos de distintos colores que había derramado adrede.
Entre el sudor de la pasión, los colores, las sensaciones y la música nos unimos completamente, mientras nos besábamos y respirábamos con excitación.
Después del intenso fogueo de sensaciones, me quede dormida y cuando desperté estaba en mi cama y sobre mi vientre una carta con un pedazo de papel dentro con diferentes manchas de pintura me voltee a ver y vi que estaba limpia, tomé la manzana que tenia a mi lado la mordí y recordé como ese mismo día temprano esa manzana fue la que me impulso a soñar con mi mayor fantasía.
Me vestí salí de mi casa, me dirigí de nuevo a la rutina del trabajo pero con una sonrisa en mi boca.
Al menos había logrado en una muy real fantasía lo que en mi vida normal no lograría.
jueves, 26 de junio de 2008
Sangre, Ámbar y Yo
La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
----------
Desnuda y a la vez cubierta. Debía tener alrededor de unos 35 años, blanca, delgada, cabello oscuro y de un porte real, que en ese momento le confería un aire de princesa nocturna sobre las blancas sábanas.
Noté como sus piernas relucían sedosas al reflejar la luna de esa noche fría. Vi sus muslos y su entrepierna. Los primeros bien formados y ejercitados con el punto perfecto entre esbeltez y fuerza. Lo segundo fue lo que más me excito, un cáliz dispuesto a recibir todos mis encantos y masculinidad.
Sus pechos me seducían como seduce lo dulce a las hormigas. Veía como se mantenían firmes cuando ella hablaba, no muy grandes y no muy pequeños. Sólo del tamaño perfecto para poderlos acariciar entre mis manos.
Me le acerqué desnudándome nerviosamente poco a poco, pero sabiéndola seducir con mi físico bien esculpido, y viéndola directamente a sus ojos verdes, obligándola que a su vez ella viera mis ojos negros.
Vi como posaba su atenta mirada cuando me despoje de mi ropa más íntima, y pude notar su divertida mirada de travesura.
No lo pensé dos veces, si ella me seducía, yo iba a aceptar la seducción. Y me pose sobre ella acariciándola con el dorso de mis manos, de una forma casi más amorosa, que apasionada. Fui recorriendo su cuerpo, sentí su cabello negro y largo entre mis dedos, sentí su cara suave y tersa, seguí con su cuello hasta llegar a sus senos, ahí me detuve un breve momento mientras la oía gozar de la experiencia. Iba a seguir bajando cuando me poseyeron unas ganas inmensas de saborear su piel además de sentirla.
Decidí que comenzaría con sus manos, pero justo en el momento en que pose su dedo índice en mis labios sentí un sabor a óxido o mejor dicho a hierro. Entonces le preste más atención a sus manos y lo que descubrí casi me deja sin aliento.
Sus largas uñas estaban llenas de sangre, pero también lo estaban sus manos. Di un salto y me aparté rápidamente de ella, pero no lo suficiente para detener el beso que ella me dio en el cuello. En ese momento lo sentí, había estado tan excitado oyéndola gemir, que no note que sus uñas arañaban y rasgaban de forma delicada la piel de mi espalda. Lo extraño de la situación me lleno de un ardiente deseo renovado por tomarla ahí mismo, tal vez fuera por el fetiche de ver la sangre o sencillamente que no podía resistir esos ojos verdes.
Me acomodé y nos unimos entre gemidos de placer y suaves gritos de dolor. Ella fue mía y yo de ella en ese momento, moviéndonos como uno sólo, y notando la sangre que ahora también bajaba de mi pecho y que bajaba justo a su entrepierna, lo cual me aumentaba radicalmente el placer, viendo mi líquido vital en su zona más íntima, y pintando mi hombría de color escarlata.
Aumentamos la velocidad hasta acercarnos poco a poco al frenético orgasmo que deseábamos. Y justo en ese momento, cuando yo sentía ya dentro mío una explosión de estrellas, que me besó como una fiera en la boca. Esto me hizo sentir el éxtasis más grande que en mi vida había sentido, quede teñido por la sangre, cansado por el esfuerzo, débil por el orgasmo; y justo hasta ese momento note que también quede muerto ya que de mis heridas no brotaba más sangre, toda la tenía ella entre sus piernas, entre sus labios, sobre su cara, en sus pechos, y hasta en las sábanas blancas donde estaba muriendo.
La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
Justo en ese momento me dijo mi nombre es Ámbar ...
El resto no lo pude oír sólo cerré por última vez mis ojos, y me trasladé a quien sabe que otra dimensión lejana.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
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Desnuda y a la vez cubierta. Debía tener alrededor de unos 35 años, blanca, delgada, cabello oscuro y de un porte real, que en ese momento le confería un aire de princesa nocturna sobre las blancas sábanas.
Noté como sus piernas relucían sedosas al reflejar la luna de esa noche fría. Vi sus muslos y su entrepierna. Los primeros bien formados y ejercitados con el punto perfecto entre esbeltez y fuerza. Lo segundo fue lo que más me excito, un cáliz dispuesto a recibir todos mis encantos y masculinidad.
Sus pechos me seducían como seduce lo dulce a las hormigas. Veía como se mantenían firmes cuando ella hablaba, no muy grandes y no muy pequeños. Sólo del tamaño perfecto para poderlos acariciar entre mis manos.
Me le acerqué desnudándome nerviosamente poco a poco, pero sabiéndola seducir con mi físico bien esculpido, y viéndola directamente a sus ojos verdes, obligándola que a su vez ella viera mis ojos negros.
Vi como posaba su atenta mirada cuando me despoje de mi ropa más íntima, y pude notar su divertida mirada de travesura.
No lo pensé dos veces, si ella me seducía, yo iba a aceptar la seducción. Y me pose sobre ella acariciándola con el dorso de mis manos, de una forma casi más amorosa, que apasionada. Fui recorriendo su cuerpo, sentí su cabello negro y largo entre mis dedos, sentí su cara suave y tersa, seguí con su cuello hasta llegar a sus senos, ahí me detuve un breve momento mientras la oía gozar de la experiencia. Iba a seguir bajando cuando me poseyeron unas ganas inmensas de saborear su piel además de sentirla.
Decidí que comenzaría con sus manos, pero justo en el momento en que pose su dedo índice en mis labios sentí un sabor a óxido o mejor dicho a hierro. Entonces le preste más atención a sus manos y lo que descubrí casi me deja sin aliento.
Sus largas uñas estaban llenas de sangre, pero también lo estaban sus manos. Di un salto y me aparté rápidamente de ella, pero no lo suficiente para detener el beso que ella me dio en el cuello. En ese momento lo sentí, había estado tan excitado oyéndola gemir, que no note que sus uñas arañaban y rasgaban de forma delicada la piel de mi espalda. Lo extraño de la situación me lleno de un ardiente deseo renovado por tomarla ahí mismo, tal vez fuera por el fetiche de ver la sangre o sencillamente que no podía resistir esos ojos verdes.
Me acomodé y nos unimos entre gemidos de placer y suaves gritos de dolor. Ella fue mía y yo de ella en ese momento, moviéndonos como uno sólo, y notando la sangre que ahora también bajaba de mi pecho y que bajaba justo a su entrepierna, lo cual me aumentaba radicalmente el placer, viendo mi líquido vital en su zona más íntima, y pintando mi hombría de color escarlata.
Aumentamos la velocidad hasta acercarnos poco a poco al frenético orgasmo que deseábamos. Y justo en ese momento, cuando yo sentía ya dentro mío una explosión de estrellas, que me besó como una fiera en la boca. Esto me hizo sentir el éxtasis más grande que en mi vida había sentido, quede teñido por la sangre, cansado por el esfuerzo, débil por el orgasmo; y justo hasta ese momento note que también quede muerto ya que de mis heridas no brotaba más sangre, toda la tenía ella entre sus piernas, entre sus labios, sobre su cara, en sus pechos, y hasta en las sábanas blancas donde estaba muriendo.
La observé por última vez y la vi riendo.
Entre esas antiguas sábanas blancas, en ese momento no tan blancas. Mientras me volteaba a ver con una sonrisa macabra en su mirada.
Justo en ese momento me dijo mi nombre es Ámbar ...
El resto no lo pude oír sólo cerré por última vez mis ojos, y me trasladé a quien sabe que otra dimensión lejana.
martes, 24 de junio de 2008
Exorcismo!!!
Eran las doce de la noche cuando me decidí mientras veía esa luna que me hipnotizo y me hizo enloquecer; a tomar entre mis manos una biblia blanca, una biblia sin religión específica, ni conocida, sólo una religión inculcada en la esencia de lo vivido a través del tiempo, de las sensaciones promiscuas y de todos esos amaneceres en llanto desesperado.
En ese instante, en el que la luz de luna me daba cierta aura santificada, miré hacia todas las direcciones y comencé un ritual. Un ritual que sólo invocaba a la razón y al poder más grande, llamado voluntad para poderme despojar de ese demonio que se hallaba escondido, enredado, e intoxicando mi corazón.
Ahí empece el exorcismo, llamando a los santos de ninguna religión, clamando a un Dios sordo, y llorándole a un cielo oscuro.
Alaridos, maldiciones, e idilios profanados; fueron mis compañeros hasta que uno a uno fueron cediendo ante el amanecer.
Un amanecer en el que me despoje de ente malvado que habitaba en mi corazón.
Por que enamorarse de un espectro maldito y demoníaco es fácil. Lo difícil es desterrarlo entre cruces de púas y ritos extintos; hasta que de sí misma su presencia no sea más que un mutilado hueso de demonio.
En ese instante, en el que la luz de luna me daba cierta aura santificada, miré hacia todas las direcciones y comencé un ritual. Un ritual que sólo invocaba a la razón y al poder más grande, llamado voluntad para poderme despojar de ese demonio que se hallaba escondido, enredado, e intoxicando mi corazón.
Ahí empece el exorcismo, llamando a los santos de ninguna religión, clamando a un Dios sordo, y llorándole a un cielo oscuro.
Alaridos, maldiciones, e idilios profanados; fueron mis compañeros hasta que uno a uno fueron cediendo ante el amanecer.
Un amanecer en el que me despoje de ente malvado que habitaba en mi corazón.
Por que enamorarse de un espectro maldito y demoníaco es fácil. Lo difícil es desterrarlo entre cruces de púas y ritos extintos; hasta que de sí misma su presencia no sea más que un mutilado hueso de demonio.
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